MakerCoins, el reto CACER, el Salón de la Fama Maker y un galardón inspirado entre la cordillera y el mar: lo que esta experiencia me dejó sobre colaborar, compartir y reconocer el trabajo de otros.
Por Braulio Rossel (Brau), fundador de Nodo Maker y cofundador de Artífice3D Studio.
Es fácil entusiasmarse con un proyecto colectivo mientras todos están de acuerdo con tus ideas. La parte difícil aparece cuando una propuesta queda fuera, algo falla o el resultado no se parece tanto a lo que habías imaginado.
Algo de eso me pasó colaborando en la 3D Printer Party Chile 2026, realizada el 29 y 30 de agosto en Sala Omnium, Santiago. Participé desde varios frentes: junto a Catalina y Artífice3D Studio desarrollamos los galardones del evento; con Nodo Maker trabajamos en proyectos colaborativos; además participé en la creación del Salón de la Fama Maker, una muestra dedicada a proyectos chilenos donde la fabricación digital se puso al servicio de una idea concreta. Esa era, de hecho, la intención de la exposición: mirar más allá de la pieza terminada y mostrar distintas formas de crear mediante fabricación digital.
Y, como suele pasarme cuando algo me entusiasma, terminé tomando más tareas de las que probablemente debía.
Porque claro, tiempo era precisamente lo que sobraba (broma; no sobraba nada de tiempo).
La previa: cuando la Party empezó antes de abrir las puertas
PPara mí, la 3D Printer Party empezó bastante antes del 29 de agosto.
Durante las semanas previas se fueron cruzando varias cosas que después serían parte importante del evento: el desarrollo del reto CACER, la preparación del Salón de la Fama Maker, los galardones, la silla colaborativa y hasta las MakerCoins que terminaríamos intercambiando entre asistentes.
Había archivos pasando de una persona a otra, piezas que probar, proyectos que coordinar y gente de distintos rincones del ecosistema maker preparando algo para llevar. Desde afuera, la Party aún no existía. Desde dentro, ya estaba ocurriendo.
No todo lo que imaginamos llegó al evento. Algunas ideas quedaron fuera y sí, hubo momentos en que eso me frustró. Pero mientras se acercaba la fecha, esa sensación empezó a pesar menos que otra mucho más fuerte: la expectación por ver cómo todas esas iniciativas, nacidas por separado, iban a convivir en un mismo lugar.
Después de semanas trabajando en fragmentos distintos, finalmente íbamos a descubrir qué podía pasar cuando todo ese esfuerzo se encontraba durante un mismo fin de semana.
MakerCoins: una excusa ridículamente buena para hablar con alguien
Una de las actividades que más me sorprendió fue el intercambio de MakerCoins, pequeñas fichas impresas en 3D que cada participante podía diseñar dentro de un formato común de 40 × 3 mm.
Antes del evento no tenía tan claro cuánto podía aportar algo tan simple. Pero una vez ahí entendí que la coin era casi una excusa: para intercambiarla había que acercarse a alguien, conversar, mirar su diseño y muchas veces preguntar cómo lo había hecho.
Eso hacía mucho más fácil romper el hielo, especialmente entre personas que no se conocían. En vez de esperar que la conversación apareciera sola, había una razón concreta para iniciar el contacto.
Además, cada MakerCoin terminaba mostrando algo de quien la había creado. Algunas eran más técnicas, otras más gráficas, otras simplemente buscaban ser entretenidas. Y como sorpresa, durante el evento incluso se premió a la mejor.
Al final, una pieza muy pequeña terminó cumpliendo una función bastante grande: hacer que los makers se buscaran entre ellos.

El reto CACER: nuestro primer proyecto terminado 100% como NodoMakers
Uno de los proyectos más importantes para mí fue el reto CACER 2026.
No solo por el resultado. También porque fue el primer proyecto desarrollado de principio a fin por miembros de Nodo Maker.
La propuesta consistía en representar a Kai-Kai y Tren-Tren, vinculadas a la tradición mapuche, mediante dos estructuras que crecieran durante el evento a medida que los asistentes llegaban con las piezas que habían impreso previamente.
No queríamos simplemente hacer dos esculturas grandes.
La gracia estaba en que la obra necesitara de otras personas para completarse.
El proceso comenzó con bocetos y distintas propuestas conceptuales. Después vino el modelado paramétrico, las pruebas de encaje y varias versiones. Cuando la estructura estuvo resuelta, el trabajo pasó al equipo de modelado orgánico, encargado de desarrollar el aspecto final de ambos seres.
Todo esto ocurrió además en poco tiempo.
Y hubo errores.
En algún punto descubrimos que uno de los encajes estaba invertido después de haber enviado una versión. Tocó detectar el problema, corregirlo y avisar antes de que medio Chile empezara a imprimir piezas incorrectas.
Eso también es hacer.
No es tener una idea perfecta desde el comienzo. Es diseñar, imprimir, probar, encontrar el problema y volver atrás.
En el proyecto participaron Andrés Cepeda, como líder, junto a Juan Nadal, Fran Gaete, Fran Silva, Nico Robres, Cristian Avilez y yo.
Los archivos quedaron además disponibles para quienes quisieran participar a través de Printables.
Después, durante la Party, ocurría algo que justificaba todo ese trabajo previo: llegaba alguien con una pieza impresa en su casa y la incorporaba al conjunto.
Podía señalarla y decir: esa la hice yo.
Ahí el proyecto dejaba de ser nuestro.
La silla colaborativa y la famosa pieza ploma
Nodo Maker llevó además una silla construida entre varios miembros.
Ese proyecto casi no llegó al evento. Hubo cambios en el equipo, problemas de coordinación e imprevistos, pero finalmente conseguimos armarla.
Durante mi transmisión alguien comentó una pieza ploma que destacaba entre las demás y apareció la talla sobre el “desubicado” que había llevado otro color.
Mi reacción fue inmediata: cuidado.
Quizás se le había acabado el filamento.
No sabía si esa había sido realmente la razón, pero daba lo mismo para explicar el punto.
Desubicado habría sido no llegar con su pieza.
Los acuerdos importan. En un proyecto colaborativo no puedes ignorar dimensiones o encajes porque una pieza incorrecta puede afectar el trabajo de todos.
Pero hay otra cosa que también importa: recordar que detrás de cada aporte hay una persona que dedicó tiempo a hacerlo.
Antes de juzgar el resultado, quizás conviene preguntar qué ocurrió.

Salón de la Fama Maker: mostrar para qué sirve realmente la impresión 3D
Otro proyecto al que le dediqué bastante trabajo fue el Salón de la Fama Maker.
La idea era sencilla: seleccionar proyectos chilenos donde la impresión 3D hubiera tenido una función real y mostrarlos juntos.
No queríamos una vitrina de “cosas bonitas impresas”.
Queríamos proyectos donde hubiese una historia detrás.
Participé en la selección de los trabajos, el armado de la vitrina, el corte y grabado láser de los códigos QR y la creación de una ficha digital enlazada desde esos QR, para que cualquier visitante pudiera conocer con más detalle cada proyecto y a sus autores.
La muestra terminó reuniendo ocho proyectos muy distintos entre sí.
Uno de ellos fue Zander, serie de televisión chileno-colombiana realizada en stop motion. Para fabricar los personajes, Manada FX —Federico Gallardo, Francisco Cáceres y Andrés Cepeda— desarrolló un sistema de cabezas mediante modelado e impresión 3D que permitió trabajar animación por reemplazo. La ficha del proyecto destaca que fue la primera vez que una producción chilena utilizó cabezas impresas en 3D como parte de esta técnica.
Eso me parece mucho más interesante que mostrar una impresión perfecta dentro de una vitrina.

También estuvo NP51 Studio, de Nicolás Pereda, un estudio chileno especializado en calzado completamente impreso en 3D. El proyecto combina escaneo 3D, algoritmos de diseño y fabricación aditiva para adaptar cada zapato al pie de la persona.
Lo bueno era que los zapatos expuestos tenían señales de uso.
Habían sido usados.
Habían cumplido su función.
Y eso, para mí, les daba todavía más valor.

En esa misma muestra estuvo también el Copihue de Oro 20 años, desarrollado por Catalina y por mí en Artífice3D Studio. El proyecto reinterpretó el galardón manteniendo su identidad, pero llevándolo hacia una estética más contemporánea mediante modelado, fabricación digital, postprocesado y pintura.

El Salón tenía cosas que mejorar. La iluminación podía haber sido mejor. La información principal podía ser más visible. Y habría sido buenísimo escuchar directamente a los autores explicar sus proyectos.
Pero creo que ahí había algo que vale la pena seguir desarrollando.
Porque una de las cosas que menos mostramos en impresión 3D es precisamente todo lo que ocurre antes de apretar “imprimir”.
Diseñar un premio desde la cordillera hasta el mar
Con Artífice3D también tuvimos la responsabilidad de desarrollar los galardones de la 3D Printer Party.
Cuando pensé el concepto, quise evitar una representación demasiado literal de Chile como esa típica franja que recorremos de norte a sur.
Preferí cambiar el eje.
De cordillera a mar.
En la parte superior aparece la cordillera mediante volúmenes escalonados. Hacia la base, el diseño pasa al azul y aparecen las ondas del océano. Entre ambos elementos queda el cuerpo principal del premio, integrando el logo y los colores de la Printer Party.
Chile no representado de arriba hacia abajo en un mapa, sino recorriéndolo desde los Andes hasta el Pacífico.


Una charla que conecta con algo que me preocupa cada vez más
De las charlas que alcancé a ver, una que me dejó pensando fue la de Franco Mazzocca, sobre la historia de la impresión 3D.
Hubo un punto que conectó con algo que me preocupa bastante: el cierre progresivo de los sistemas de algunas impresoras.
La impresión 3D de escritorio creció muy ligada a una cultura donde era posible modificar, reparar, experimentar y entender las máquinas.
Si cada generación nueva se vuelve más cerrada, más dependiente del fabricante y menos modificable, ganamos comodidad, pero también podemos perder parte de aquello que permitió que este ecosistema existiera.
No creo que comodidad y libertad sean incompatibles.
Pero tampoco creo que debamos aceptar cualquier cierre tecnológico solo porque la impresora ahora funciona apretando un botón.
Ese es probablemente un tema para otra transmisión.
Lo que me llevo de la 3D Printer Party
Mi sensación al terminar esta segunda 3D Printer Party fue mucho más simple: me fui contento de haber sido parte de un proyecto bonito y de ver que el ecosistema maker chileno puede construir cosas en conjunto.
La comunidad maker chilena no es un bloque único. Hay grupos distintos, personas con visiones diferentes y relaciones que no siempre son cercanas. Pero durante la Party vi cómo muchas de esas diferencias dejaron de importar. Gente que normalmente se mueve en espacios distintos terminó aportando al mismo evento, compartiendo proyectos, conocimiento y tiempo, porque entendió que había algo más importante que cada grupo por separado: fortalecer el ecosistema maker chileno.
Eso se notó también en la propia organización.
La 3D Printer Party está organizada por personas que participan comercialmente de este mismo ecosistema. Podrían haber usado el evento como una gran vitrina para ellos mismos, cerrando espacios o tratando de concentrar la atención. Sin embargo, ocurrió prácticamente lo contrario: otros proveedores, marcas, comunidades, creadores y proyectos pudieron estar presentes y ocupar su propio espacio.
Me parece importante reconocerlo porque no siempre es fácil.
Cuando una empresa entiende que permitir que otros actores crezcan no necesariamente la perjudica, sino que puede fortalecer todo el ecosistema del que también forma parte, está haciendo algo sano. No necesitas eliminar al que está al lado para crecer tú.
Y creo que ese espíritu se podía encontrar en muchas partes de la Party.
Estaba en las MakerCoins que obligaban a desconocidos a conversar. En las personas que imprimieron una pieza para completar el reto CACER sin esperar nada a cambio. En quienes colaboraron para que una silla pudiera existir. En quienes prestaron proyectos para el Salón de la Fama. En los expositores compartiendo conocimientos y hasta en proveedores que, durante dos días, convivieron en el mismo lugar sin que todo tuviera que convertirse en una competencia comercial.
Eso es probablemente lo que más rescato.
La impresión 3D tiene una historia muy ligada a compartir: archivos, conocimiento, modificaciones, errores, soluciones. Podemos comprar máquinas cada vez mejores y tener procesos cada vez más profesionales, pero sería una pérdida enorme que, en el camino, dejáramos atrás esa parte de la cultura maker.
La 3D Printer Party no fue perfecta. Ningún evento lo es y tampoco necesita serlo para tener valor.
Fue una segunda edición construida por muchas personas que decidieron aportar algo para que existiera. Y después de haber estado involucrado desde dentro, con todo lo bueno y también con las dificultades propias de organizar algo así, terminé valorándolo más.
Porque durante ese fin de semana vi empresas, comunidades, makers, diseñadores, artistas y aficionados compartiendo un mismo espacio sin necesidad de ponerse de acuerdo en todo.
Solo necesitaban coincidir en algo más importante:
que vale la pena tener un ecosistema maker chileno más grande, más diverso y más conectado.
Y si una segunda Printer Party fue capaz de reunir todo eso, entonces espero que haya una tercera.

Este artículo nace de mi primera transmisión sobre la 3D Printer Party Chile 2026. Puedes verla completa en YouTube.